Mientras Honduras sigue enfrentando las secuelas de corrupción y violencia, Juan Orlando Hernández anuncia que regresará al país tras proclamarse en libertad

 

A exactos dos años del fallo judicial que lo condenó en una corte estadounidense, el expresidente Juan Orlando Hernández reapareció en el panorama digital con un mensaje que sus seguidores recibirán como una declaración de triunfo y que sus críticos leerán como lo que parece ser: una maniobra narrativa cuidadosamente construida para reposicionarlo en el imaginario político hondureño.

En un breve pero calculado comunicado, Hernández proclamó su libertad absoluta, anunció que muy pronto volverá a Honduras y centró su mensaje en el reencuentro familiar y el apoyo de Dios, cerrando con la cita bíblica "la verdad os hará libres" del Evangelio de Juan. Un cierre que no es casual ni inocente: es un intento deliberado de equiparar su situación con la de un perseguido injustamente, de construir una narrativa de martirio que sus seguidores puedan abrazar como bandera.

Pero conviene recordar los hechos. Juan Orlando Hernández fue condenado por un tribunal federal de los Estados Unidos por delitos relacionados con narcotráfico. No fue víctima de una persecución política, fue juzgado con pruebas y testimonios que pintaron un cuadro sombrío de un gobierno que permitió que el crimen organizado operara con complicidades en las más altas esferas del poder en Honduras.

Durante sus años como presidente, Honduras acumuló una deuda de violencia, corrupción e impunidad que sus ciudadanos siguen pagando. Los miles de hondureños que migraron huyendo de la inseguridad y la falta de oportunidades durante su gobierno no tienen comunicados de redención ni citas bíblicas que alivien su situación. Tienen deportaciones, separaciones familiares y la memoria de un país que no les dio lo que merecían.

La reaparición digital de Hernández a dos años exactos de su condena no es una coincidencia. Es una jugada política que busca comenzar a reconstruir una imagen ante la opinión pública hondureña, posiblemente con miras a futuros movimientos dentro del Partido Nacional o para preparar el terreno de un eventual regreso. La pregunta que Honduras debe hacerse no es si tiene derecho a expresarse, sino qué tipo de narrativa está dispuesta a aceptar sobre su pasado reciente.

Porque mientras el expresidente habla de libertad absoluta y reencuentros familiares desde el otro lado del mundo, Honduras sigue lidiando con las secuelas de años de gobierno que lo llevaron a donde está hoy. Y esa es una verdad que ninguna cita bíblica puede reescribir. 

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