La ilusión de la torre y la sabiduría de la calle


Por Douglas Jesús lanzas Diaz 

Existe una ilusión muy cómoda en los sectores educados del país: creer que todo el mundo razona con sus mismos conceptos teóricos. Se teoriza desde la comodidad del privilegio, usando los títulos como una venda para no ver la realidad del país. Las cifras del Instituto Nacional de Estadística (INE) son claras: la escolaridad promedio en Honduras apenas llega a los ocho años y solo un 15% de la población logra graduarse de la universidad.

Honduras no se mueve por manuales ni por teorías; se sostiene por el esfuerzo del ciudadano empírico, impulsado por un conocimiento práctico que resuelve la vida a pura necesidad. Quien cursó los seis años de primaria, los cinco de colegio y los cinco de universidad, olvida que esos dieciséis años de educación no fueron solo un logro personal, sino una inversión financiada por una sociedad que apostó por su talento.

Alzarse sobre dieciséis años de esfuerzo colectivo para encerrarse en el beneficio propio no es un éxito, es abandonar al país. En una nación con tantas necesidades, la educación superior no es un adorno para el ego, sino una deuda con la sociedad. La verdadera solución no es dar discursos desde el aislamiento, sino unir la capacidad técnica con la realidad de la calle para sacar adelante a Honduras.


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