EL PRIVILEGIO DE SER PADRE

 



En la vida del ser humano hay muchas etapas, muchas funciones, muchas metas, muchos anhelos, mucha lucha, muchas expectativas, cimas y valles que finalmente nos terminan haciendo quienes somos. En la loca carrera que el humano se ha inventado por recorrer esto que llamamos vida, hay momentos torales, momentos mágicos, momentos sublimes, dulces como los hay amargos también, porque al final, no se puede apreciar lo dulce si no has probado lo amargo, eso te da en todo, la justa medida de las cosas.

Quienes hemos tenido la suerte de vivir lo suficiente para aprender de nuestros aciertos pero sobre todo, de nuestros errores, encontramos el sabor adecuado a cada momento, sea este de victoria o derrota, eso es al final, parte de la vida, lo que te hace humano, falible como todos, imperfecto pero perfectible, llamado a mejorarte y a ser la mejor persona que puedes ser, no para emular o competir con nadie, ancestro, adlater, pariente, pareja, amigo o amiga, no, para competir y vencerte a vos mismo, para ver con tranquilidad al reflejo del espejo y seguirte reconociendo como parte de la creación, aspirante a la gloria y el perdón de Dios.

Por estas fechas se celebra el llamado Día del Padre, un poco modesto si se quiere, comparado con el Día de la Madre, que se merecen todas las bendiciones y elogios. Dicho esto, independientemente que se celebre con fanfarria, fiesta, regalos etc, quienes hemos tenido la suerte de traer una vida a este mundo y comprendemos que una vez que esa criatura nos toma o nos toca apenas un dedo, sabemos o debemos saber que la vida ha cambiado para siempre, que tus luchas ya no son por vanidad, por competir, por elogios, por egos fútiles sino por merecer apenas un poco, el honroso privilegio de ser llamado Padre por tu hijo o tu hija. Ese día es trascendental no importa donde las circunstancias de la misma vida te tengan con respecto a ese ser amado.

El sol ilumina de una forma diferente si tu hija, en mi caso, está bien, y se pone sombrío si está mal, tu pensamiento se llena de ilusiones, de preocupaciones, de ansiedades porque piensan que debes dejarle un mundo mejor del que recibiste. Corren rápido en tu mente y en tu alma, las intenciones de pretender evitarle todos los males y dolores que la naturaleza humana trae consigo, de blindar a ese ser tan especial contra todas las injusticias y las barbaridades de este mundo supuestamente moderno que ha olvidado quizás las cosas primordiales, que el amor nace puro y libre, que se fortalece así como se fortalecen las flores en el proceso de su crecimiento, con agua, luz, dedicación, entrega, con la alegría de la lluvia y la promesa de un amanecer.

Yo confieso como decía el poeta, que he vivido, que he metido el dedo en la llama a pesar de ser advertido que la llama quema, que he subido y he bajado senderos de todo tipo, porque al final solo se hace camino al andar. He tenido amor, he dado amor, he tenido desilusión y he dado desilusión, he sido lo más humano posible, falible, imperfecto, pero siempre dispuesto a aprender y a contar mis ganancias antes que mis pérdidas en todo lo que he hecho porque en este aciago mundo en el que ahora vivimos, solo despertar vivos ya es una ganancia.

Cuando veo atrás no tengo ni la menor duda que mi mejor logro no está en lo que la mayoría de las personas pierden su tiempo y su existencia, no es en los títulos, en las posiciones, en las propiedades, en el dinero, en las cosas materiales que al morir no te puedes llevar a la tumba, está en las cosas más importantes y sencillas al mismo tiempo y, una vez recorrido el mundo en la seca y la meca, con certeza puedo declarar que mi mejor obra es mi hija Samantha, que me enseñó el amor más puro que hay porque no existe en el interés ni la búsqueda personal de un beneficio, solo el infinito deseo de ver a tu hijo o hija sonreír, de sentir su abrazo cálido y eterno, el beso sincero de quien te busca como un refugio, el reclamo directo y severo cuando hay error, pero al mismo tiempo  la calma de su entendimiento que vale más que mil palabras.

Hay perfección en Dios e imperfección en el ser humano, pero todo, todo se puede mejorar, todo mejora si detrás de tu esfuerzo y lucha, hay como telón de fondo, el profundo anhelo de no fallarle a esa pequeña persona que trajiste al mundo sin pedirlo y que lleva tu estirpe, tu sangre, tus valores, tus esperanzas y la interminable promesa que a pesar de tus  tropiezos El Señor te ha dado el privilegio de ser Padre y que ese es un título y una tarea que jamás termina pero que te produce la mejor de las satisfacciones.

Yo tuve un excelente, amoroso y dedicado Padre, fue él quien precisamente un día me enseñó, que de verdad iba a saber de la vida y sus avatares cuando cumpliera con esa sagrada misión de convertirme en Padre, así que por todos los padres, los que puedan celebrar o no, por el mío en el cielo y por la promesa que me he hecho a mí mismo de que aún con mis contradicciones, mi mayor regalo , mi mayor fortuna, mi mayor responsabilidad es mi hija Samantha a quien amo con cada fibra de mi cuerpo y mi corazón, en quien veo quizás el fruto inmerecido de ese enorme privilegio.

¡Felicidades Padres de Honduras, felicidades papá, hasta el infinito cielo!


(*) Abogado y Notario, catedrático universitario, político liberal. Padre.


                                                            Abog. Octavio Pineda Espinoza

EL PUEBLO es el espacio oficial de información y comunicación del Partido Liberal de Honduras. Desde aquí compartimos las acciones, propuestas y liderazgos que fortalecen al liberalismo y que representan la esperanza de un país con libertad, justicia y equidad.

0 Comentarios