¡Hasta la feria del agricultor duele! Los precios de la canasta básica siguen subiendo y el gobierno sigue sin hacer nada
Para miles de familias hondureñas, la Feria del Agricultor de la Colonia Kennedy en Tegucigalpa representa una de las pocas alternativas para comprar alimentos frescos a precios más accesibles que los supermercados. Pero esa alternativa también está cediendo ante la imparable presión inflacionaria que el gobierno actual no ha logrado frenar, y los consumidores que llegaron a hacer sus compras se encontraron con una realidad que ya nadie puede ignorar: los precios básicos siguen subiendo.
Los incrementos reportados por consumidores y comerciantes en la feria son concretos y dolorosos. La medida de frijoles, uno de los alimentos más básicos de la dieta hondureña, subió de L120 a L130, un aumento de L10 que parece pequeño en papel pero que golpea duro en la bolsa de quien compra semana tras semana. El mazo de culantro registró el incremento porcentual más fuerte, pasando de L15 a L25, es decir un aumento del 67% en un solo producto que forma parte cotidiana de la cocina hondureña.
El pataste subió de L15 a L20 por unidad, el chile pasó de L7 a L10 y la libra de yuca de L12 a L14. Alzas que individualmente pueden parecer menores, pero que sumadas representan un impacto significativo para una familia que compra varios de estos productos cada semana con un presupuesto que no ha crecido al mismo ritmo que los precios.
Lo que hace especialmente indignante esta situación es el contexto en que se produce. La gasolina sube cada semana, el gas doméstico subió, la canasta básica no para de encarecerse y ahora ni siquiera en la feria del agricultor, ese espacio pensado para acercar los productos del campo directamente al consumidor a mejor precio, los hondureños encuentran alivio. El círculo se cierra sobre las familias de menores ingresos que no tienen más opciones para alimentarse.
Los comerciantes de la feria, que tampoco son los villanos de esta historia, explican que ellos también enfrentan mayores costos de producción, transporte y logística derivados precisamente del alza en los combustibles y los insumos agrícolas. La cadena del encarecimiento comienza mucho antes de que el producto llegue al puesto de venta, y termina en el bolsillo del consumidor que no tiene a quién trasladarle ese costo.
El gobierno, que tiene herramientas a su disposición para intervenir en la cadena de comercialización, controlar la especulación y proteger el poder adquisitivo de los hondureños, sigue sin presentar una respuesta efectiva ante una inflación que corroe el bienestar de las familias mes a mes. Los comunicados oficiales no llenan ollas, y las promesas de estabilización no bajan los precios en la feria del agricultor.

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