¿Quién protege al trabajador y quién protege al que genera empleo?

Ni el trabajador es enemigo del empresario, ni el empresario enemigo del trabajador. 

En Honduras hemos normalizado una peligrosa narrativa de confrontación permanente entre trabajador y empresario. Durante años, el debate laboral ha sido reducido a una lucha de bandos donde pareciera que defender los derechos de uno implica necesariamente atacar al otro. Y quizás ahí radica parte del problema.

Sí, históricamente han existido abusos laborales que justifican plenamente la existencia de garantías, sindicatos y mecanismos de protección para los trabajadores. Negarlo sería irresponsable e injusto. El Derecho Laboral nació precisamente como una respuesta frente a relaciones desiguales de poder y frente a prácticas de explotación que atentaban contra la dignidad humana.

Pero también debemos atrevernos a reconocer otra realidad: en Honduras, emprender, invertir y sostener una empresa, especialmente una pequeña o mediana, también se ha convertido en una lucha diaria.

Miles de emprendedores hondureños intentan sobrevivir en medio de una economía inestable, inseguridad jurídica, altos costos operativos, cargas tributarias, burocracia excesiva, extorsión, crisis política y una creciente incertidumbre económica. Muchos pequeños empresarios no son grandes élites económicas, son ciudadanos que arriesgan sus ahorros, su patrimonio y su estabilidad personal para generar oportunidades de empleo en un país donde el desempleo y la informalidad siguen golpeando fuertemente a la población, y justamente por eso, el debate laboral necesita madurar.

Así como existen patronos abusivos que violentan derechos laborales fundamentales, también existen casos donde algunos trabajadores utilizan mecanismos legales de protección de manera incorrecta, desproporcionada o incluso de mala fe. Hablar de eso no significa estar “en contra del trabajador”. Significa reconocer que la justicia verdadera no puede construirse desde extremos ni privilegios absolutos para ninguna de las partes.

El trabajador merece protección. Merece salario digno, estabilidad, seguridad social, jornadas justas y respeto a su dignidad humana. Pero también el empleador de buena fe merece seguridad jurídica, condiciones estables para invertir y garantías frente a abusos que puedan poner en riesgo la sostenibilidad de su empresa y, con ello, el empleo de muchas otras familias.

Cuando una sociedad convierte al trabajador y al empresario en enemigos naturales, termina destruyendo la confianza necesaria para el desarrollo económico y social. Sin empresas no hay empleo, pero sin trabajadores dignificados tampoco existe desarrollo justo.

Por eso Honduras necesita dejar atrás los discursos de odio económico y empezar a construir una visión más equilibrada, moderna y responsable de las relaciones laborales.

Nuestro Código del Trabajo, aunque históricamente importante, fue concebido en una realidad económica distinta a la actual. Hoy enfrentamos nuevas dinámicas: crecimiento de las PYMES, economía informal, trabajo independiente, emprendimientos digitales y mercados altamente inestables. Sin embargo, seguimos atrapados muchas veces en debates ideológicos antiguos que no responden completamente a las necesidades del presente.

Modernizar el sistema laboral hondureño no significa eliminar derechos laborales ni debilitar la protección social. Significa construir un modelo más eficiente, equilibrado y sostenible, donde exista protección real contra la explotación, pero también incentivos para la inversión, el emprendimiento y la generación de empleo formal.

Un país sin inversión difícilmente genera oportunidades. Un país donde el trabajador vive sin derechos ni garantías tampoco puede llamarse justo.

Necesitamos comprender algo fundamental, el verdadero enemigo no es el trabajador ni el empresario. El verdadero enemigo es la pobreza, la corrupción, la desigualdad, la falta de institucionalidad y el abandono histórico que ha obligado a millones de hondureños a sobrevivir entre precariedad, migración y desempleo.

Honduras no saldrá adelante destruyendo al trabajador, pero tampoco destruyendo a quien decide invertir, emprender y generar empleo en uno de los países más difíciles para hacerlo.

El verdadero progreso no nace de la confrontación permanente entre sectores, sino de la capacidad de construir un país donde tanto el trabajador como el empresario puedan crecer con dignidad, justicia, estabilidad y esperanza.

0 Comentarios