La ENEE es patrimonio del pueblo, no el negocio de unos pocos.
El debate sobre el futuro de la
Empresa Nacional de Energía Eléctrica (ENEE) ha vuelto a tomarse la agenda
pública, y con ello, resurgen viejos fantasmas que la sociedad hondureña conoce
muy bien. Cada vez que se habla de "reformas estructurales" en los
servicios básicos, el ciudadano siente un lógico temor, que el costo de las
malas administraciones termine pagándose con el patrimonio de todos. En el
contexto actual, la postura debe ser firme y sin ambigüedades, transformar la
estatal eléctrica es urgente, pero entregarla al capital privado es un error
histórico que no nos podemos permitir.
La experiencia nos ha demostrado,
a golpes de realidad, que los procesos de privatización en América Latina rara
vez se traducen en bienestar para las mayorías. Cuando un bien estratégico deja
de ser un derecho social y pasa a ser un negocio, las prioridades cambian; el
lucro se coloca por encima de la cobertura y las tarifas se vuelven asfixiantes
para las familias más vulnerables. Defender el carácter público de la ENEE no
es un capricho ideológico, es una necesidad de supervivencia económica para un pueblo
que ya carga con demasiadas dificultades para salir adelante.
Las propuestas que abren la
puerta a la fragmentación de la empresa y a la creación de sociedades
mercantiles generan alertas alarmantes. ¿Qué se esconde detrás de la
intención de dividir la estatal en sociedades anónimas? El modelo de la S.A.
responde por naturaleza al secreto comercial y a los intereses de sus
accionistas, sepultando la transparencia pública. ¿Qué garantías reales
existen de que nuestra infraestructura más valiosa, como las grandes represas
hidroeléctricas, no terminará desprotegida ante riesgos financieros o bajo el
control de capitales corporativos ajenos al país? Desmantelar la columna
vertebral de nuestra matriz energética y esconderla tras el velo de sociedades
anónimas es ceder por completo el control de nuestro propio desarrollo.
Una verdadera reforma no pasa por
deshacerse de lo que nos pertenece, sino por asumir la responsabilidad de
administrarlo bien. La modernización de la ENEE debe enfocarse en la eficiencia
técnica, el combate frontal a la corrupción, la reducción de pérdidas y la
transparencia absoluta. El Estado tiene la obligación de ser un administrador
riguroso y justo, capaz de garantizar un servicio de calidad, continuo y a
precios razonables, asumiendo su rol protector de la colectividad.
El progreso de Honduras no puede
construirse sacrificando sus recursos estratégicos. Modernizar las
instituciones significa fortalecer su capacidad de respuesta hacia la gente, no
debilitarlas ni delegar las obligaciones públicas al mejor postor. La energía
eléctrica es un motor de desarrollo humano y social; mantener su control en
manos del sector público, blindando sus bienes de cualquier intento de
privatización disfrazada, es el único camino para asegurar que la luz del
desarrollo brille para todos y no solo para unos pocos.


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