Honduras no solo necesita más leyes, necesita que las que ya existen funcionen
En Honduras existe una tendencia casi automática frente a cada problema: ¡crear una nueva ley". Como si el simple acto de legislar fuera, por sí mismo, una solución. Como si el papel tuviera la capacidad de transformar la realidad sin la voluntad, la eficiencia y la responsabilidad de quienes deben aplicarlo.
Sí, el país necesita leyes.
Necesita marcos jurídicos modernos, coherentes y adaptados a los desafíos
actuales. Pero no necesita solo eso. Porque una ley que no se cumple, que no se
ejecuta o que se aplica de manera desigual, deja de ser una herramienta de
justicia y se convierte en una ilusión institucional.
El verdadero problema no es la ausencia de normas, es la distancia entre la norma y la realidad. Esa distancia se siente en el ciudadano que espera meses o años por una resolución. En el emprendedor que queda atrapado en trámites interminables. En el inversionista que se enfrenta a procesos opacos. En la persona que percibe que la ley existe… pero no para todos. Ahí es donde el Estado falla. No en su capacidad de escribir leyes, sino en su capacidad de hacerlas funcionar.
Un sistema jurídico no se mide
por la cantidad de normas que produce, sino por la eficacia con la que las
cumple. Y cuando la ejecución falla, lo que se debilita no es solo la
institucionalidad, se erosiona la confianza, se normaliza la frustración y se
instala la percepción de injusticia.
Porque la ley que no se cumple, no
ordena, confunde. No protege, debilita. No genera respeto, genera indiferencia;
y en ese punto, el problema deja de ser técnico para convertirse en
profundamente humano.
Un Estado que no logra hacer
efectivas sus propias reglas termina trasladando el costo de su ineficiencia al
ciudadano. Le roba tiempo, oportunidades y, en muchos casos, dignidad.
Por eso, el debate no puede
quedarse únicamente en “qué nuevas leyes necesitamos”, sino en una pregunta más
incómoda y más urgente: ¿Por qué las que ya existen no están funcionando como
deberían?
Responder esa pregunta implica
mirar de frente problemas estructurales como la burocracia excesiva, falta de
coordinación institucional, debilidad en los mecanismos de control, y en
algunos casos, ausencia de voluntad; pero también implica asumir una
responsabilidad colectiva.
Mejorar la eficacia del sistema
no depende solo de reformas legales, sino de una transformación en la forma en
que entendemos el servicio público, de comprender que cada trámite, cada
resolución, cada proceso, impacta directamente la vida de alguien.
Honduras no necesita un Estado más grande, necesita un Estado que funcione mejor. Un Estado que respete el tiempo de su gente. Que aplique la ley con coherencia. Que genere certeza en lugar de incertidumbre. Legislar es importante, pero ejecutar es esencial, y mientras no cerremos la brecha entre lo que está escrito y lo que realmente ocurre, seguiremos construyendo soluciones sobre una base frágil.
El verdadero cambio no comienza
cuando se aprueba una nueva ley, comienza cuando las que ya existen dejan de ser letra muerta y se convierten, por fin, en realidad.


0 Comentarios